Crónicas Cinéfagas: De lágrimas y puñetazos


Hace poco, cuando leía las listas de las películas favoritas del año pasado elaboradas por críticos y amigos, descubrí que algunos de ellos mencionaban una cinta a la que no le había prestado mucha atención pero que tenía los mimbres para resultarme, como poco, interesante: humor, amor, nostalgia y viajes en el tiempo. Así que el plañidero que se esconde en mí decidió darle una oportunidad. Y esto que leéis a continuación fue el resultado...


Hay por ahí un monólogo de Agustín Jiménez en el que el cómico habla sobre la experiencia de un “macho español” enfrentándose al visionado de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, Clint Eastwood, 1995). El despistado espectador comienza a ver la película esperando ver algo de acción, que alguno de los puentes explote en mil pedazos, que Clint le zurre a alguien… Pero nada de eso ocurre. Dos horas después, el tipo está llorando como una Magdalena… El cine a veces nos traiciona de esta manera. No le basta con destrozar nuestras expectativas, sino que llega incluso a jactarse de esa posición de superioridad emocional y nos retuerce y nos golpea donde más nos duele para arrancarnos, si no la lágrima, sí al menos un buen nudo en la garganta y puede que en el estómago. Aquí, un servidor, es un fanático del cine más elemental y bestia, ese que avanza a base de tiroteos, peleas, frases chulescas y algún baño de sangre. No me avergüenza reconocerlo: me gustan más las películas de acción y las de terror que las de cualquier otro género. Cuanto más básicas mejor. Sin zarandajas ni circunloquios. Sin aspiraciones demasiado artísticas ni ambiciones de conseguir ningún premio gordo. Pero a veces ocurre que veo una comedia dramática o un drama en toda regla y acabo llorando a moco tendido como un bebé. Sufro mucho. Hay gente que lo pasa realmente mal con las de miedo. Yo con los dramas. Y quizá de ahí me venga esa pasión por lo puramente lúdico y visceral: puede que sea demasiado sensible para que hurguen en mis sentimientos y reabran heridas. Hace unas semanas comencé a ver en algunas listas de las mejores cintas de 2013 una película sobre la que no había puesto mucha atención: Una cuestión de tiempo (About Time, Richard Curtis, 2013). Dirigida por el guionista de Notting Hill (Notting Hill, Roger Michell, 1999) y Cuatro bodas y un funeral (Four Weddings and a Funeral, Mike Newell, 1994), comencé a verla con la esperanza de encontrarme con una comedia simpática, entretenida y hasta cierto punto original (trata el tema de los viajes en el tiempo de un modo muy peculiar). Pero, según avanzaba la historia, me daba cuenta de que detrás de las risas y el romanticismo había algo más. Algo más intenso y universal con lo que cualquier persona puede sentirse identificado: esa sensación de vacío que dejan las personas que se van y a las que no volveremos a ver más, nunca más. Cuando empezaron los créditos, yo estaba totalmente compungido, con el rostro inundado en lágrimas y un dolor casi insoportable en el gaznate que me impedía tragar saliva. Así de bella es y así de dura, aunque pueda no parecerlo. Lejos de mi zona de comodidad de los Kickboxers, los Rambos, los Freddy Kruegers y los Terminators, este cronista se quedó indefenso, porque aunque no estaba viendo una película de puñetazos, sus hostias dolían más que las de Clint Eastwood. Al final resulta que, como el “machito” de Agustín Jiménez, estoy hecho un blandengue.
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Crónicas Cinéfagas es la sección en la que recupero las columnas mensuales que publico en cada número impreso del periódico comarcal Crónicas de un Pueblo

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