Crónicas Cinéfagas: 25 de diciembre… Crash! Bang! Boom!



Las Fiestas Navideñas han quedado ya atrás (por suerte) y parecen un recuerdo lejano. Pero comparto con vosotros la tribuna que dediqué a dichas fechas y que llevé a mi terreno: películas de acción que transcurren en Navidad. 


En El Día de la Bestia (Íd, Álex de la Iglesia, 1995), había una secuencia en la que se cargaban a tiros a los Reyes Magos en plena calle Preciados de Madrid. Para aquellos a los que no les gustan especialmente las Navidades, había algo de catártico en ver cómo se ventilaban así a uno de los símbolos más reconocibles de estas fiestas que nos vemos obligados a celebrar cada año. Pero, si sois de esas personas que no llevan muy bien eso de escuchar villancicos a todas horas, tener que lidiar con el turrón duro del año pasado o reírle las gracias al amigo/familiar/compañero/cuñao cansino de turno, seguro que hay algo que también os molesta: las películas navideñas. Sí, esas donde todo el mundo es feliz, donde siempre hay nieve y luces y los problemas más graves siempre se solucionan en los últimos diez minutos, justo a tiempo para que salga el rótulo de “The End”, con la idílica imagen de fondo de todos bien abrazaditos, enseñando sus mejores sonrisas y a punto de llenarse la panza con un enorme pavo. Si sufrís un ataque de urticaria cada vez que veis esto, no hay duda: tanto si sois de un sexo como de otro, sois tipos duros.

El cine de acción nos ha enseñado que los tipos duros no llevan bien la Navidad. Da igual si son héroes o villanos, siempre encuentran una excusa para hacer saltar por los aires las puertas adornadas con guirnaldas, para reventar la carroza de Papá Noel y para pegarle un tiro a esa radio donde suena insistentemente “El Tamborilero”. Le pasa a Mel Gibson en Arma Letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987), que lleva como puede sus tendencias suicidas en mitad de un complicado caso policial; le pasa a Bruce Willis en la saga iniciada con La Jungla de Cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988), incapaz de comerse una almendra garrapiñada si no ha matado antes a un par de decenas de terroristas; al Rambo de Sylvester Stallone en Acorralado (First blood, Ted Kotcheff, 1982) no le dieron precisamente un buen recibimiento cuando volvió a casa por Navidad; en Iron Man 3 (Íd, Shane Black – la mente detrás de muchos de estos títulos –, 2013), Robert Downey Jr. está a punto de irse al otro barrio en plena época estival; en Memoria Letal (The Long Kiss Goodnight, Renny Harlin, 1996), Geena Davis ve cómo su pasado vuelve en forma de súper bomba antes de que pueda colocar todos los regalos debajo del árbol; en Objetivo: La Casa Blanca (Olympus has fallen, Antoine Fuqua, 2013) Gerard Butler tiene que proteger el edificio más emblemático de Occidente antes de que unos orientales (que no son los Reyes Magos) arrasen con todo… Y así podríamos seguir con varios títulos más que me dejo en el tintero.

Quizá haya algo que aprender de todo esto: la próxima vez que algún conocido vuestro no quiera festejar la Navidad con vosotros, dejadle en paz, no insistáis. Puede ser que simplemente no le guste, pero también puede ser que esté demasiado ocupado salvando al mundo... o destruyéndolo. En cualquiera de los dos casos, no querréis estar en medio.

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Crónicas Cinéfagas es la sección en la que recupero las columnas mensuales que publico en cada número impreso del periódico comarcal Crónicas de un Pueblo

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