Sharknado (Íd. Anthony C. Ferrante, 2013)



¿Qué diferencia a Sharknado de cualquier otra película con monstruos de la Asylum? Según sus defensores, porque los tiene, resulta que es más divertida que Mega Shark vs Giant Octopus (Jack Perez, 2009) o 2-Headed Shark Attack (Christopher Ray, 2012). No puedo contradecirles porque, para bien o para mal, no estoy dispuesto a perder el tiempo con cosas que sólo sirven para conseguir un tuit sandunguero o un gif animado para el descojone de tus amigos virtuales. Porque incluso dentro de lo malo hay varios niveles y estos pastiches están en lo más bajo. Soy de los que, como decía al principio, ha visto estas películas fragmentadas y no al completo, así que tampoco puedo ser totalmente ecuánime ni establecer comparaciones entre otros títulos previos y Sharknado (que, por si cabe alguna duda, sí que me he tragado entera). Pero lo que he visto aquí me basta para saber que si Sharknado ha logrado tanta repercusión no ha sido porque haya en ella motivos suficientes como para colocarla en los altares del cine de derribo más disfrutable, sino más bien porque a un par de famosos (entre ellos, Will Wheaton, Damon Lindelof o la mismísima Mia Farrow) les hizo gracia la premisa, hicieron saber que la estaban viendo en el pase de SyFy y la fiebre del retweet y los hashtags hicieron el resto. 5000 tuits por minuto alabando las supuestas virtudes de una película que no las tiene, más allá de lo delirante de su argumento: la lucha por la supervivencia de una serie de individuos que se las tienen que ver con la amenaza de un tornado cargado de tiburones. Un tornado. Y tiburones dentro. Inundaciones, ventiscas, cosas que se rompen. Y varios tornados. Y tiburones dentro que caen de los cielos, atraviesan ventanas y profanan piscinas. ¿Qué risa? Ahora sí, ¿no? Pues tampoco. Porque más allá de lo gracioso que nos pueda resultar que alguien haya tenido los bemoles para invertir dinero en esto, lo cierto es que los resultados de la película no distan mucho de cualquier telefilme catastrofista que podemos ver durante la sobremesa de algún fin de semana en algún canal privado de televisión. Es decir, actores caídos en desgracia (¿qué le ha pasado a Tara Reid en la cara, por el amor de Dios? ¿Por qué nadie le dijo a Ian Ziering que es recomendable aguantarse la risa hasta que el director grite “corten”? ¡John Heard y su taburete!), traumas familiares absolutamente sobados y ridículos, una ausencia alarmante de ritmo y una incómoda y rijosa profusión de efectos visuales dañinos para la vista y el cerebro. Sharknado es, sencillamente, basura pestilente.

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