Expediente Warren (The Conjuring. James Wan, 2013)


En muy pocas ocasiones vemos una película contemporánea y, en ese primer visionado, a medida que transcurren los minutos, tenemos la sensación de estar contemplando un hecho histórico, algo que se recordará dentro de unos años y que será tomado como un referente dentro de su género. Es decir, vivir en directo la gestación de un clásico, experimentar lo mismo que nuestros mayores vivieron al descubrir en alguna pantalla gigante Al final de la escalera (The Changeling, Peter Medak, 1980), Viernes 13 (Friday the 13th, Sean S. Cunningham, 1980) o Poltergeist (Íd., Tobe Hooper, 1982). Puede que en aquellos momentos ellos no fueran conscientes de que estaban contemplando la Historia del Cine de Terror en pleno proceso, quizá porque en aquella época el género vivía una saturación tan grande que resultaba difícil distinguir el grano de la paja. Y también porque en esos tiempos el género ya contaba con los suficientes referentes (cinematográficos, pero también literarios y televisivos) como para considerar aquel boom una renacida moda pasajera, una versión descerebrada y carente de sofisticación de lo que ya por entonces se consideraban clásicos. Ahora nos encontramos en una tesitura similar: se producen muchos títulos de terror (aunque pocos lleguen a las salas) y la mayoría de ellos son mediocres, burdos subproductos clónicos que intentan subirse al carro de las modas impuestas por Saw (Íd., James Wan, 2004) o Paranormal Activity (Íd., Oren Peli, 2007). Y, con este panorama, cuesta también encontrar algunos títulos que logren aguantar el paso de los años convirtiéndose en hitos históricos. Algunos pasan desapercibidos y son incomprendidos o directamente ignorados por buena parte del público o incluso de la crítica, como es el caso de la hipnótica The Lords of Salem (Íd., Rob Zombie, 2013). Pero de vez en cuando aparece algún largometraje que consigue pulsar las teclas correctas para hacer sonar una melodía de horror que llega a los oídos de todo el mundo. Y así es como Expediente Warren se convierte inmediatamente, desde el mismo momento de su estreno, en un referente terrorífico a superar o, como mínimo, igualar en futuros esfuerzos fílmicos. No sólo por su capacidad para generar terror y suspense, por el mérito artístico de jugar con mil y una referencias sin citar explícitamente ninguna o por su creciente intensidad que llega a ser asfixiante en el clímax final, sino también porque esta vez ha convencido a todos: las tablas de estrellas de los críticos han sido tan generosas como las cifras de taquilla. Y, salvando la opinión de algunos espectadores gruñones que dedicaron más tiempo a buscar plagios que a disfrutar de la propuesta, parece que hay consenso en que Expediente Warren sí es para tanto.

¿Estoy diciendo entonces que es una obra maestra? Bien, tampoco exageremos: pese a todas sus bondades, hay que reconocer que no es una película perfecta. Primero está el ya clásico tema de la falta de originalidad. Si bien es cierto que este no es un requisito indispensable a la hora de valorar positivamente un largometraje, también es verdad que todo en Expediente Warren nos provoca una sensación de déjà vu que puede resultar placentera, por situarnos en terreno conocido y retorcer sus cimientos hasta niveles pesadillescos, o incómoda para aquellos que sólo se queden en la superficie y no vean más allá del homenaje a los rasgos formales, estéticos y narrativos del cine de terror de los años 70. Por otro lado, es evidente que tiene ciertos problemas de ritmo en sus dos primeros actos (de manera puntual, eso sí) que provocan la sensación de que la historia no termina de centrarse del todo. Esto se debe sobre todo a que la trama se divide en dos frentes: por un lado, los sucesos paranormales en el hogar de la familia Perron y cómo estos van minando las fuerzas de sus integrantes, hasta enfrentarlos entre ellos cuando uno de sus miembros es poseído; por otro, los propios fantasmas que acosan a los Warren, expertos en estas lides, y que les llevan a intentar ayudar a los Perron cuando descubren que allí está sucediendo algo real y que podría ser el caso más peligroso al que se hayan enfrentado jamás. El hecho de que James Wan ponga su atención sobre unos y otros hace que la película carezca de la sencillez conceptual de su anterior trabajo, la mucho más modesta Insidious. Con ella guarda más de un punto en común a pesar de que allí los "cazafantasmas" no eran personajes con tanta entidad dramática (aunque sí icónica e incluso cómica) y el único punto de vista que nos servía como referente era el de la familia afectada por la violenta intrusión del Mal en su cotidianidad. Pero casi podríamos entender Expediente Warren como la versión setentera de la propia Insidious: si la anterior cinta de Wan venía a ser una revisión moderna de la típica historia de casas encantadas que, no obstante, ponía sus ojos tanto en el pasado como en el presente del género, Expediente Warren es el homenaje a cómo se contaban esas mismas historias en el cine de hace unas décadas. Pero es evidente que ambas comparten elementos y que incluso podrían interpretarse como trabajos complementarios, formando una sesión doble perfecta que se hará pluscuamperfecta cuando llegue Insidious 2 (Insidious: Chapter 2, James Wan, 2013) el próximo 25 de octubre. Con ella, Wan ha prometido que se despedirá del cine de terror (al menos de momento). Pero puede estar tranquilo: con las cintas aquí citadas y con la imprescindible Silencio desde el mal (Dead silence, James Wan, 2007) ya nos ha dado motivos suficientes para considerarle, inequívocamente, uno de los nombres más importantes del terror del siglo XXI.

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A favor: El empeño de Wan por hacer creíble la historia y su capacidad para manejar los tópicos sin caer en la mera acumulación de clichés. 

En contra: Que muchos no sean capaces de ver más allá de esos tópicos y, mientras se pierden en sus cosas, pasen por alto el dominio del suspense del que hace gala el director.

Valoración:


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