Carroñeros





Paseando por Badajoz hace unos días con Bea, tuve el presentimiento de que algo bueno me estaba esperando en el Cash Converters, esa tienda donde venden artículos de segunda mano y en la que suele oler bastante a sudor por culpa del horrible calor que hace siempre allí y de la cantidad de gente que se concentra para conseguir alguna ganga. Y una ganga era precisamente lo que ese pálpito me decía que iba a encontrar, aunque no sabía hasta qué punto.

“Mira allí”, me dijo Bea. Y entonces me giré y vi el paraíso: un montón de deuvedés y un cartelito en el que se podía leer “Uno: 1 euro. Diez: 5 euros”. Mi mente tradujo rápido: “¡Películas a 50 céntimos!”. Así que me lancé a la montaña de discos y me puse a mirar carátulas como un poseso, apartando unos, seleccionando los que me interesaban, tirando involuntariamente otros cuantos al suelo y sufriendo porque no podía ver todas las que llenaban el cajón sin desparramarlas. Volvimos a casa con veinte películas y al día siguiente regresamos a por treinta más, entre ellas muchos clásicos que sólo había visto por televisión, que tenía grabados u originales en VHS, descargados de internet (sí, hija, sí) o que, sencillamente, no había visto nunca y me interesaban.

Después del subidón inicial, de esa sensación de haber triunfado y del vértigo que me provoca la frase que me dijo el encargado (“En el almacén tenemos más…”), ha sido hoy, ordenando las películas en mi videoteca, probándolas por encima, curioseando en los extras de algunas y pasando los títulos al programa con el que organizo mi colección, cuando me he dado cuenta de que, en realidad, todo esto me pone un poco triste. Os diré por qué: por más o menos el mismo dinero que nos cuestan dos entradas de cine y dos menús de refresco y palomitas, Bea y yo nos hemos comprado cincuenta (¡50!) películas. Es decir, por el mismo precio, hemos cambiado la experiencia de ver una sola vez un largometraje por la posibilidad de tener cincuenta de ellos para siempre. Y eso está muy bien, pero al mismo tiempo me conduce a una serie de reflexiones agridulces (aunque evidentes): si ahora podemos encontrar cultura audiovisual a precio de risa
es porque ya no consigue venderse a precios normales;  si esa tienda de segunda mano se ha topado de repente con una remesa tan ingente de deuvedés es porque otra tienda en la que se vendían a precio estándar ha tenido que cerrar; y, finalmente, me he dado cuenta de que algunos hemos dejado de ser coleccionistas y sin pretenderlo nos estamos convirtiendo en carroñeros de un mercado que pronto dejará de existir. The End.

Y ahora el post-apocalípsis: la próxima vez que vaya a Badajoz pienso acercarme otra vez a la tienda y volver a pasar el detector de discos preciosos sobre los escombros de ese mercado digital. Y durante unos minutos se me olvidará ese pesimismo y volveré a ser feliz. Aunque días después vuelva a sentirme miserable.

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Nota: Texto publicado originalmente en la edición impresa de Crónicas de un Pueblo


Comentarios

  1. Triste y acertada reflexión, Pedro.
    Jo... Y sólo puedo pensar en por qué no me he pasado todavía por cash converters...
    Ay...

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    1. Gracias, Rui (barton).

      Quizá para cuando vayas tú y vuelva yo ya no quede nada. Y a ver qué hacemos entonces.

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