El callejón (Íd. Antonio Trashorras, 2011)



El hecho de que El callejón haya estado dos años esperando a ser distribuida, desde que algunos afortunados pudieran verla en el ya lejano Sitges 2011, dice mucho de lo difícil que lo tenía la película para encontrar un público adecuado y del miedo que este previsible rechazo debía provocar en los responsables de su lanzamiento, tal es su radical entrega a unas convenciones hoy en desuso y totalmente incomprendidas por los espectadores de multisalas. Así, no es de extrañar que las críticas de esa gran mayoría estén siendo devastadoras con la ópera prima en el campo del largometraje del crítico de cine y guionista Antonio Trashorras: El Callejón nace de una pasión infranqueable por el cine de género y lo celebra de manera reverencial, referencial y lúdica, sale de las entrañas y se desarrolla con un entendimiento total de los tópicos que maneja, a un nivel mucho más elevado de lo que sus detractores son capaces de detectar y, me temo, comprender. Por otro lado, muchos de estos enemigos del largometraje, siguiendo una lógica tan simplista como improbable, consideran que cuando un crítico se pone detrás de las cámaras sólo debería llevar a cabo obras maestras (o, mejor dicho, lo que ellos consideran obras maestras), ya que suponen que el hecho de estudiar y analizar cine le prepara a uno para dar a luz películas inmaculadas, perfectas e incuestionables, como si el arte fuese un hecho científico producto de una suma de elementos en los que no tienen ninguna cabida el talento innato, la creatividad, el ingenio o la inspiración. Como si el arte lo hicieran máquinas u ordenadores sin la participación del factor humano. Sumando estas dos circunstancias, se entiende que El callejón haya sufrido este retraso y que, cuando por fin se ha estrenado, lo haya hecho de manera minoritaria (aunque con la gran ventaja de poder disfrutarla mediante el sistema de Video-On-Demand) y que la recepción general se haya movido entre la decepción, la indignación y la mofa. Quizá porque, como sociedad, tenemos lo que nos merecemos: una generación plagada de ignorancia revestida de abofeteable arrogancia y con las armas suficientes como para difundir su idiocia con total impunidad.

Por suerte, algunos somos capaces de entender El callejón. Y no. No se trata de elitismo. No estoy diciendo que haya que poseer un nivel cultural o intelectual elevadísimo para ser capaz de disfrutar de esta película, aunque, obviamente, sí que vendría bastante bien saber quiénes son (y, sobre todo, qué solían hacer) nombres como Jesús Franco, Darío Argento, Brian De Palma, John Carpenter, Mario Bava o incluso Lamberto Bava (decidme que no soy el único que se acordó inmediatamente de Demons al ver ese coche abandonado en el callejón, al fondo del cual incluso hay una desvencijada sala de cine). Pero, sobre todo, más allá de poseer ese background cultural, lo que sí hace falta es una capacidad, parece ser que en extinción, para dejarse arrastrar por la fantasía, para aceptar los juegos que nos propone la ficción, para asimilar los mecanismos tan elementales (y, a la vez, tan complejos) de las montañas rusas emocionales.  Y justamente eso es El callejón: una apasionante gymkana terrorífica en la que Trashorras se lo pasa en grande fagocitando narrativas y estéticas, mientras somete a Ana de Armas a un tour de force del que la actriz sale convertida ya, para siempre, en una de las reinas del grito del terror patrio. Visualmente recargada y deslumbrante, tensa y plagada de giros con los que Trashorras pretende abarcar buena parte de sus obsesiones, El callejón es una película valiente y necesaria, más apasionante que perfecta, y que no pretende reinventar el cine de terror sino convertirlo en una fiesta. Lamentablemente, como vienen confirmando ciertos éxitos recientes que han calado muy fuerte y muy hondo en el imaginario colectivo, parece ser que el público mayoritario ha ido perdiendo la capacidad para ejercer la suspensión de la incredulidad y, en el proceso de sobreanalizarlo todo y perseguir el realismo impostado, se ha dado la triste circunstancia de que películas que hace años se habrían considerado populares hoy en día son relegadas a la condición de rarezas a las que se ningunea desde púlpitos alzados sobre la estulticia. Ellos se lo pierden.

.....     

A favor: El absoluto amor por el cine de terror, sobre todo en su vertiente europea, que destila la película y que la convierte en un festín para el aficionado con menos prejuicios.  

En contra: La incomprensión (y la violencia) con la que ha sido recibida por buena parte del público, incluso entre algunos fans del género que no han sido capaces de digerirla.

Valoración:

Comentarios

  1. Prometheus<Nolan
    Así están las cosas.

    El texto, de 10.

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    Respuestas
    1. Así están las cosas, sí. Muy lamentablemente.

      Gracias por tu opinión sobre el texto, Borja. Es un texto apasionado sobre una película apasionada. ;)

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  2. Cada día te entiendo mejor. Me empiezo a dar miedo. Con muchas agallas este post.

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