Crónicas cinéfagas: Somos infinitos.




“Sé que algún día todo esto serán anécdotas. Pero ahora mismo estamos vivos. Y en este instante, juro que somos infinitos”. Así, con esa frase que debería convertirse (si es que no lo es ya) en un himno generacional, se cierra la película Las ventajas de ser un marginado (The perks of being a wallflower. 2013), la adaptación que Stephen Chbosky ha hecho de su propia novela y que a este columnista le ha dejado turulato.

Películas de instituto hay muchas. Puede que incluso algunos piensen que demasiadas. Y por norma general suelen tratarse de comedias bobas centradas en las pulsiones más básicas de sus protagonistas, auténticas hormonas con patas. Quizá porque yo nunca he sido la alegría de la huerta ni el chico más popular de clase, a lo largo de mi adolescencia siempre me sentí más atraído por las historias de los bichos raros, con los que indiscutiblemente siempre me ha resultado más fácil identificarme que con los (aparentes) triunfadores del colegio o el instituto. Puede que sea culpa de haber visto demasiadas veces Rebeldes (The Outsiders. Francis Ford Coppola, 1983), Lucas (Íd. David Seltzer, 1986), Exploradores (Explorers. Joe Dante, 1985) o El Club de los Cinco (The Breakfast Club. John Hughes, 1985) cuando era pequeño y se me quedó grabada la idea de que ser diferente molaba; puede que sea porque siempre he tenido un poco la cabeza en las nubes y porque me pasé la pubertad y parte de la juventud enamorado de las chicas equivocadas; puede que sea porque siempre confié en el poder de la imaginación y la fantasía como vías de escape a un entorno gris y como posible forma de ganarme la vida; o puede que simplemente sea porque es una buena película. La cuestión es que Las ventajas de ser un marginado me ha sacudido las entrañas como me las sacudieron en su momento Los 400 golpes (Les quatre cents coups. François Truffaut, 1959) o Blue Valentine (Íd. Derek Cianfrance, 2010), cada una por unos motivos concretos y puede que complementarios. Bea tiene razón cuando me dice que, detrás de todas esas pelis de hostias, tiros y sangre detrás de las que me escudo, se esconde en el fondo un moñas de mucho cuidado que de vez en cuando dejo al descubierto y me convierte en vulnerable.

En situaciones así, me da lo mismo que la cinta en cuestión no sea redonda, que su guión delate demasiado algunas trampas innecesarias o que no me resulte creíble que unos fans de The Rocky Horror Picture Show (Íd. Jim Sharman, 1975) no reconozcan una de las canciones más famosas de David Bowie en la radio. Pero así era la juventud: extraña, imperfecta, entrañable, infinita.


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Nota: Texto publicado originalmente en la edición impresa de Crónicas de un Pueblo


Comentarios

  1. Amén. Y bravo. Ya sabes que yo también comparto devoción por esta película.

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    1. Gracias, Rui.

      Sí, recuerdo que debatimos sobre ella. Y tenías razón: ese secreto revelado a lo Shyamalan es lo peor de una película que se deja amar muy fácilmente.

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