Crónicas Cinéfagas: La mirada sucia.

Tarantino y su arma. 



El tema de la violencia en los medios audiovisuales es siempre algo delicado y resulta realmente difícil llegar a un acuerdo entre los que la disfrutan y los que la detestan. Yo tengo una postura muy clara al respecto, inamovible y formada por muchos años de experiencia como consumidor de cine, literatura y videojuegos: no estoy en contra de la violencia ficticia, pero sí muy en contra de la violencia real. Parece una perogrullada decir que ambas no tienen por qué ir necesariamente unidas pero, desgraciadamente, algunos se empeñan en demostrar lo contrario, amparándose en hechos infaustos en los que se ha pretendido tildar a la violencia audiovisual como la responsable de tristes masacres. No voy a ser tampoco insensato: la exposición temprana a la violencia gráfica puede provocar traumas, está claro, y el hecho de que a mí y a otras muchas otras personas que conozco no nos haya afectado en absoluto, pese a haber deglutido cine de terror y de acción desde que éramos pequeños, no me lleva a pensar que a nadie puede afectarle negativamente. Pero creo que cualquier persona con dos dedos de frente debería poner su punto de mira sobre otros factores. Por ejemplo, a mí me interesa muy poco si Adam Lanza, el joven que asesinó a varias personas (incluyendo a su madre) hace pocos meses en Connecticut (EEUU), era consumidor de cine violento o si jugaba a videojuegos de guerra. Lo que de verdad me da miedo es que su madre tuviera un arsenal de armas en casa y que pensara que el mejor modo de pasar tiempo con sus hijos fuera enseñarles a disparar con ellas.
 
Todo esto tan manido viene por un vídeo que apareció recientemente en internet en el que el periodista inglés Krishnan Guru-Murthy entrevistaba a Quentin Tarantino con motivo del estreno de Django desencadenado (Django unchained). Durante la entrevista, el presentador de Channel 4 increpaba a Tarantino con un tema que lleva arrastrando desde que se estrenó su primera cinta hace más de veinte años, Reservoir Dogs (1992). El director se negaba a responder a la siguiente y estúpida pregunta: “¿Por qué estás tan seguro de que no hay relación entre disfrutar de la violencia en el cine y disfrutar de la violencia real?”. A mí no deja de sorprenderme que alguien sea tan imbécil como para pensar que una cosa implica la otra y que no sepa diferenciar entre el dolor de una bofetada real y la experiencia catártica de ver al héroe (ficticio) dándole una hostia (ficticia) al villano (ficticio) de turno. Eso sin olvidar que en la filmografía de Tarantino hay mucho más que violencia y que quien sólo vea eso en ella tiene un problema. Cuestión de miradas, supongo.


____________________


Nota: Texto publicado originalmente en la edición impresa de Crónicas de un Pueblo


Comentarios

Entradas populares de este blog

La leyenda del luchador borracho

Golpe de estado

Diez terrores para Halloween (II)