Crónicas Cinéfagas: Su apellido es Bond, no Bourne.

Photoshop cutre. Igual de cutre que Matt Damon como héroe de acción. 


Reconozco que me costó un poco ver la última de James Bond. Pese a que las críticas estaban siendo bastante positivas, el recuerdo de Quantum of solace me provocaba tanta desgana que dudaba seriamente si pagar o no mi entrada para ver la nueva aventura de 007, Skyfall. El hecho de que su director fuera Sam Mendes (American Beauty) tampoco hacía mucho por reavivar en mí el interés por la saga, aunque si algo hemos aprendido a lo largo de los años es que da igual quién dirija estas películas, todas suelen estar cortadas por el mismo patrón: una secuencia espectacular como prólogo, unos créditos artísticos acompañados de la canción de turno (en este caso la de Adele), dos chicas Bond (una buena y algo recatada y otra más explosiva que, normalmente, y aunque tenga su affaire con el protagonista, suele estar emparejada con el malo), la figura de M (aquí Judi Dench, que es realmente la chica Bond de la función), Q con sus gadgets (aunque parezca renegar de ellos), un villano de lujo (Javier Bardem divertido y terrorífico), etc.. Las películas de Bond suelen regirse por unos patrones temáticos, estéticos y narrativos fijados de antemano y, aunque están diseñadas para gustar al máximo número posible de espectadores, hay que aceptar una serie de normas para poder disfrutarlas al cien por cien. En Quantum of solace, dirigida por Marc Forster, esas reglas eran seguidas con desgana y Daniel Craig parecía más Jason Bourne que James Bond, echando por tierra muchos de los logros conseguidos por la anterior (y emocionante) Casino Royale de Martin Campbell. No soy un fan integrista de la saga, pero sí puedo decir que, desde que tengo edad para ir al cine (y para apreciar las películas antiguas en televisión), he ido viendo todas las cintas de la saga y estaba preocupado por el camino que estaban tomando sus responsables: un exceso de seriedad estaba matando la diversión, y esto, al fin y al cabo, se trata precisamente de eso, al menos en el cine (otra cosa distinta son las novelas de Ian Fleming, menos rumberas). Pero mientras veía Skyfall mis temores se iban desvaneciendo y me daba cuenta de lo mucho que estaba disfrutando con lo que sucedía en pantalla. Aunque prefiera al Bond de los lásers y los coches invisibles, Skyfall es un punto intermedio perfecto entre la locura de Roger Moore, la elegancia de Sean Connery, la crudeza de George Lazenby, la mordacidad de Pierce Brosnan y la mesura de Timothy Dalton, es seria sin olvidar del todo los chistes y es intensa sin olvidar el sentido del espectáculo y la evasión... En definitiva, es una película para recuperar la fe en Bond y en el cine de entretenimiento.

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Nota: Texto publicado originalmente en la edición impresa de Crónicas de un Pueblo


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