R.O.T.O.R. (R.O.T.O.R.. Cullen Blaine, 1988)














- Hostia, ¿te acuerdas de aquella peli sobre el robot policía? ¡Qué guapa estaba!
- ¿RoboCop?
- No, hombre, de esa se acuerda todo el mundo. Me refiero a una más cutre, en la que el robot era malo y al final lo mataban tirando de unas cuerdas que le ataban a las extremidades...
- ¡Ah, R.O.T.O.R.!
- ¡Esa! 
- ¡Pues yo la tengo!
- ¿En serio? ¡Vamos a verla!

MAL. ERROR. WRONG. EPIC FAIL. SYSTEM FAILURE. R.O.T.O.R. es un mojón, una mierda de película (y mira que a mí me gusta ver mierdas de películas), un aburrimiento y, en definitiva, una atrocidad. Sin embargo, el recuerdo que algunos guardamos (o guardábamos) de ella es lo suficientemente fuerte como para considerarla atractiva, un título a recuperar cuando nos entran esos arrebatos nostálgicos en los que echamos de menos la época en la que ir al videoclub era una aventura, cuando uno no sabía exactamente qué se estaba llevando a casa y tenía que arriesgar sus 300 pesetas (en mi pueblo creo que costaban 150) con la única información que le daba la carátula, la mayoría de las veces tan espectacular como engañosa. Y, claro, después de ver Terminator (The Terminator. James Cameron, 1984) y RoboCop (RoboCop. Paul Verhoeven, 1987) uno quería más y se tragaba cualquier bazofia que pudiera ofrecer algo similar. La carátula de R.O.T.O.R. mostraba a un robot humanoide vestido de policía, apuntando con su pistola sobre los restos de una moto en llamas. La sinopsis hablaba de un experimento fallido fuera de control que salía a patrullar las calles sin piedad ni remordimientos, juzgando y ejecutando al instante, generalmente con resultados mortales. ¿Cómo no íbamos a picar? Lo que no llego a entender (o quizá sí: se llama "falta de criterio" y se da mucho en cerebros sin desarrollar del todo) es por qué guardaba tan gratos recuerdos de esta cinta infecta, si en realidad:

a) Tiene un sentido del humor (a veces incluso voluntario) que no podría entender en ese momento,
b) apenas hay acción,
c) hay una ausencia casi absoluta de efectos especiales,
d) no hay tetas,
e) el protagonista (Richard Gesswein en su única película) es un cruce entre Cocodrilo Dundee y Bertín Osborne,
y f) nunca llegamos a ver la forma robótica de R.O.T.O.R. (sólo en un vídeo en el que el endoesqueleto metálico se pone a hacer aerobic ante un grupo de expertos que observan con la boca abierta). 

Efectos especiales de ensueño, actores de relumbrón,
escenarios lujosos, fotografía rica en matices.
En una de las escenas de R.O.T.O.R. (que significa Robotic Officer Tactical Operations Research), un científico que se pasea por el laboratorio con un cartucho de patatas fritas le pregunta a un robot de chichinabo con gorra de policía: "¿Qué crees que es esto, una película barata de ciencia-ficción?". En otro instante, el mismo robot, llamado Willard, le espeta al científico "Me da la impresión de que así es como empezó Terminator". Casi podríamos pensar que Cullen Blaine (director y guionista que se ha ganado el pan principalmente por trabajar en series de animación, como podéis ver en su ficha de IMDb) intentó hacer una parodia voluntaria de las citadas RoboCop y Terminator, además de presentar a un agente de la ley convertido en psicópata en una coincidencia bastante llamativa con Maniac Cop (Maniac Cop. William Lustig, 1988), del mismo año. Sin embargo, esos destellos referenciales no son más que pequeñas pinceladas aisladas dentro de un conjunto ridículo por sí mismo, que da risa incluso cuando no pretende hacerlo. Por ejemplo, hay un momento en el que vemos que R.O.T.O.R., además de letal, es también muy tonto: en una sala medio vacía y con un amplio pasillo, comienza a caminar justo por donde están las sillas de plástico, chocando contra ellas y desplazándolas mientras sigue mirando al horizonte amparado en su casco, sus gafas de sol y su bigote. Además, tiene un punto débil: no soporta el sonido de un cláxon ni la música. Y es lento de cojones. En realidad toda la película es lenta de cojones (hay un plano en el que vemos cómo el protagonista sale de su casa y se acerca hacia su caballo, que está a unos treinta metros, sin hacer ningún corte en el montaje, sin ningún cambio de emplazamiento de cámara, en tiempo real... ni Bergman, oye), y para lo único que puede servir es para echarse unas risas. Odio la expresión "es tan mala que da risa", pero en algunos casos se cumple y R.O.T.O.R. es uno de ellos. Es el único provecho que le podéis sacar a una cinta que convierte a Cy Warrior (Cyborg, il guerriero d'acciaio. Giannetto De Rossi, 1989) en un peliculón. O eso creo, basándome de nuevo en mis recuerdos, así que me veo obligado a ver de nuevo Cy Warrior para salir de dudas. El resultado del experimento, próximamente en Retumbarama



MOTIVOS PARA VER 'R.O.T.O.R.':
1)Desechar de una vez la idea de que era divertida. 

MOTIVOS PARA NO HACERLO:
1)Apenas hay efectos especiales, sólo un animatronic haciendo aerobic y algunos robots de juguete. 
2)El protagonista tiene el mismo carisma que una pantufla de cuadros de las de toda la vida. 
3)Hay fallos de raccord a mansalva.
4)No es tan loca como para resultar divertida.

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